Hoy en día todavía sobreviven vestigios de aquella generación no tan lejana, conformada por seres que llamaban a la radio para solicitar canciones; inclusive teníamos que dejar claras nuestras intenciones: “es para grabar”, decíamos; y así la misericordia del programador de cabina lo conmovía para no ponerle el sello de la radio a la canción y que se arruinara el casete que estábamos elaborando para dárselo como obsequio a esa persona que nos gustaba.

Luego vinieron los CD’s y con ellos aprender el oficio de la piratería, ni qué decir los años que duró la era del MP3 y saber cómo y dónde descargar canciones. Hoy la cosa es el streaming: no se descarga, se escucha “online”. Y todavía mi generación aguanta ese cambio y posiblemente le quedarán un par de cartuchos para los próximos que se vengan.

Los habitantes de esta generación se manejaban en los colegios con un arcaico sistema de correspondencia interna, proveniente de generaciones anteriores para enviar mensajes secretos. Las últimas hojas de los cuadernos siempre estaban rotas en pedacitos; éstos llegaban a su destino hechos una bolita, o escondidos secretamente en la tapa de algún lapicero, escritos en el borrador, o pasados de mano en mano en un supuesto saludo… las estrategias eran muchas; pero había que cuidar una cosa: que el papelito no cayera en manos equivocadas: si el/la profe lo descubría posiblemente sobrevenía la catástrofe.

Pero esta generación fue la primera que conoció eso llamado “salas de chat”, que eran una especie de sitios virtuales donde un alias hablaba con otro alias. Y donde coordinar para reunirse en algún punto era todo un ardid: “nos vemos a las 9”… y si Fulano, ya pasados 10, 15 o 20 minutos no había llegado, tocaba llamar a la casa, desde un teléfono público, y preguntar hace cuánto tiempo había salido.

No nos quedábamos sin datos, porque no existían; pero a veces uno solía no tener monedas para marcar desde un teléfono público, o había que hacer fila y presionar para que se apurara aquella persona que estaba durando mucho. Por cierto, que en este cambio entre el teléfono público y el celular hay dos pequeños seres olvidados: las tarjetas colibrí y los bippers.

Para que se entienda: el bipper era ese abuelo de los mensajes de texto. La logística era más o menos así: había que llamar a la compañía de bippers, decir a cuál número se le quería enviar el mensaje y luego dictarle al operador un breve telegrama: “llamar a la casa”, “no se olvide de pasar a comprar las naranjas”, “estamos entrando al cine”, o ese tipo de cosas.

Esta generación llegó a la adultez con las redes sociales, los teléfonos inteligentes, las compras por internet y quizás fue la última en llamar “tucán” a los billetes de 5.000 colones. Llegó buscando prolongar el sentimiento de “juventud” que ahora sobrepasa los 30’s, quizás porque el cambio tecnológico fue tan abrumador que, si no lo hacía, implicaba una profunda y marcada brecha generacional.

 Este recorrido a manera de relato, tiene también una función: la historia es el registro de aquello que se escribe. ¿Cuál será la historia de esta generación, de la juventud de hoy?

La juventud, casi siempre ha sido abordada a partir de las frustraciones y carencias de quienes antecedieron bajo las frases como: “son el futuro”, “son el cambio”, “son la esperanza”… ¿Qué pasó, entonces, con nuestras juventudes que no lograron llegar a ser eso que otros esperaban?

Quizás allí esté la clave, el futuro de la juventud está siendo y le corresponderá a esta generación, en su presente, a irlo creando, hilarlo, descubrirlo. Es y será una historia muy diferente a la nuestra, con otras palabras para decir las cosas, con otras músicas, con distintas modalidades de relación: por ejemplo, sólo un brontosaurio de treinta y resto como yo todavía prefiere las llamadas telefónicas en una época donde los diálogos se entablan casi en exclusiva por textos. Estos modos poseen lógicas distintas a las nuestras: ni mejores, ni peores, sino distintas; lógicas que, muchas veces, no comprendemos.

Quienes ya tuvimos el placer y el honor de experimentar nuestra juventud, sea del modo que haya sido, deberemos garantizar que las generaciones actuales puedan gozar de la suya. Habrá que ver qué le cuentan a la siguiente y cómo resuelven los embates de la contemporaneidad.

Para que las y los jóvenes de hoy escriban sobre su propia juventud, deberemos garantizarles las mejores condiciones posibles. Sería un grave error intentar decirles cómo deben vivirla, pero podemos aconsejarles que: construyan, que se hagan preguntas acerca de la realidad social en la que se están, que piensen y no dejen de ser críticos ni críticas. Y por último, que no se dejen arrebatar lo más valioso que poseen: la rúbrica construida por su propio deseo.

En la Antigua Roma había una leyenda popular que contaba que en algún lugar del mundo, existía la fuente de la eterna juventud. Se creía que la juventud consistía en detener el paso del tiempo por el cuerpo. Quizás sea, dialogando con la juventud, que podemos conservar algo de ésta, al menos ese ímpetu de seguir creando, ese afán de estar descubriendo, o ese coraje de enfrentarse a la angustia de lo incierto, para seguir escribiendo una historia diferente. Busquemos, entonces, garantizar que sea una historia hermosa, no un relato desesperanzador.

En conmemoración del Día Internacional de la Juventud 2018
Jose Pablo Valverde Villar
Coordinador de Proyectos de Fundación Acción Joven

Para más información puede escribirnos a info@accionjoven.org

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